La Orden de Santiago en Azuaga

La arquitectura religiosa en la Azuaga santiaguista


Testimonio de la importancia del pasado histórico de la villa de Azuaga como encomienda santiaguista, es el conjunto de notables edificios que alberga en su casco urbano y entorno. Una fuente documental relevante son los libros confeccionados por los visitadores, designados temporalmente para inspeccionar de forma personal las villas, bienes y propiedades bajo la jurisdicción de la Orden de Santiago.

La figura del visitador, por tanto, nace por la necesidad de controlar las posesiones diseminados por extensos territorios. Su papel es velar por el buen funcionamiento de la Orden, pues constituyen el vínculo de unión entre sus órganos directivos y el resto de la institución. . Cuando concluían la visita, debían presentar, en el Capítulo General, un libro en el que se examinase el estado material de las distintas propiedades (iglesias, hospitales, ermitas, casas, bastimentos, mesas maestrales...) y el espiritual de sus súbditos, analizando el comportamiento moral de sacerdotes, comendadores, santeros, etc.

En el periodo de 1494 a 1604, los santuarios fueron visitados en nueve ocasiones. La forma de realizar la visita era siempre la misma: descripción de los edificios; relación de ornamentos litúrgicos, ropas y joyas; inventario de las propiedades; revisión de los libros de cuentas, con la enumeración del cargo e ingresos de las ermitas, la data o el desembolso de los mayordomos, y el alcance o diferencia entre ambas cantidades; y, finalmente, la relación de los mandatos, alusivos tanto a los aspectos materiales de las iglesias como el estado espiritual de los feligreses, sacerdotes, santeros y mayordomos. También siempre con idéntica estructura: denuncia las transgresiones de la conducta moral de los fieles o el mal estado de los edificios, exposición de las medidas correctoras de los denunciado e imposición y fijación de penas en caso de incumplimiento.

Por tanto, de estos documentos se destacan tres aspectos fundamentales: artístico o descripción de los edificios y ornamentos; económico o inventario de bienes; y religiosos, en su doble vertiente de delación y condena de las desviaciones y constatación de los usos y preferencias devocionales.

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LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA CONSOLACIÓN

A finales del siglo XV, las autoridades concejiles de la villa de Azuaga, con el consentimiento de la Orden de Santiago, decidieron levantar el templo o actual parroquia de la localidad, dedicado a Santa María.

Las causas que motivaron la construcción del templo fueron diversas: el deterioro de la parroquia de Santa Olalla, la situación económica favorable, la búsqueda de un mejor emplazamiento acorde con el desarrollo urbanístico del caserío, y la actitud receptiva del concejo azuagueño y su comendador don Luis de Portocarrero.

El 30 de noviembre de 1477,  Alonso de Cárdenas fue elegido Maestre de la Orden de Santiago en la ermita de San Sebastián de Azuaga.  La elección de esta villa para la celebración del Capítulo General se debe a las buenas relaciones que existían entre el Maestre electo y don Luis Portocarrero, comendador de Azuaga.  Sin embargo, es curioso que se celebrara en una ermita en lugar de la iglesia parroquial. El deterioro de la Iglesia de Santa Olalla fue la causa, pues los visitadores santiaguistas, en 1494, señalan que está toda en tal mal estado que es necesario hacer una nueva.

Una costosa reforma evitó la ruina del edificio, que recuperó su forma pero no su estatus, pues, en esas fechas, ya que se había decidido construir una nueva. Los mismos visitadores, en 1494, señalan como causa última de este parecer el emplazamiento de la Iglesia de Santa Olalla cercano a la fortaleza y alejada del centro de la población. Esta situación respondía a la primera fase de crecimiento de Azuaga, con su población distribuida en torno a las faldas del castillo, núcleo originario del hábitat rural. Con el tiempo, el crecimiento económico y demográfico de esta villa determinó su expansión a toda la llanura y que la Iglesia quedara descentrada.

Por tanto, la elección del emplazamiento del nuevo templo no fue fortuita, ya que se sitúa en una calle que es arteria principal de la población, en la cual se localizan los principales edificios como la casa de la encomienda, varios mesones o construcciones concejiles.

En la financiación de la construcción del templo distinguimos dos protagonistas: el Concejo de la villa, promotor del proyecto, y la Orden de Santiago, responsable en último término del mismo. El factor decisivo que determinó el apoyo de la Orden, máxima autoridad civil y religiosa de la villa,  al proyecto, fue su cómoda financiación resultado de un esfuerzo colectivo.

Este proyecto edilicio se enmarca en una situación de bonanza económica que permitió erigir un nuevo templo más suntuoso y amplio que la antigua parroquia de Santa Olalla, y además con una situación más integrada en el desarrollo urbanístico del pueblo. La presencia de un gran santuario siempre da prestigio a la villa donde se alza. De ahí el interés concejil en la nueva iglesia parroquial y por hacer económicamente viable su proyecto acudiendo a medidas extraordinarias de financiación, mandas y repartimientos por percherías, o solicitando ayuda a los templos con una situación más holgada (préstamo de Santa Olalla y venta de ovejas de San Sebastián).

No obstante, las principales aportaciones económicas corrieron a cargo de los vecinos de Azuaga, a través de contribuciones anónimas, limosnas, entrega de animales, ladrillos y tierras, o la prestación de su propio trabajo. Otras aportaciones iban destinadas a obtener alguna prebenda espiritual: testamentos, capellanías, sepulturas... El pueblo no escatimó en esfuerzos para construir la parroquia. Sería levantado de piedra, que encarecía el precio de la fábrica, sin embargo, la cantería daría al edificio una dignificada imagen.

A todas estas aportaciones se unen las dádivas y el generoso donativo del comendador don Luis Portocarrero, dedicado a la compra de ornamentos, respondiendo también a un interés personal que excede la obligación que tenía como comendador de preservar los edificios de la Orden.

El solemne templo se erigió entre finales del siglo XV y primera mitad del siglo XVI, en un monumento que responde estilísticamente a los últimos momentos del gótico, un gótico isabelino con influencias del gótico portugués o manuelino, que se mezcla con incipientes trazas renacentistas.

El edificio responde a una concepción de planta rectangular y alargada, con tres naves y ábside en forma poligonal al que se adosa la sacristía por el lado de la Epístola, y otras tres capillas por el del Evangelio. Estos espacios se cubren con diferentes soluciones de bóvedas de crucería, entre las que destacan por su belleza las estrelladas del tramo  próximo a la cabecera, la del sotocoro y la de la sacristía. Diez columnas con un diámetro superior al metro y medio separan las tres naves.

La piedra arenisca y el ladrillo son los materiales básicos empleados en la construcción: los sillares se utilizan en pilares, contrafuertes, torres y nervios de bóvedas; mientras que se recurre al ladrillo para las bóvedas y algunas superficies de los paramentos. Aparte resulta exquisito el tratamiento ornamental a base de hojas de parra, racimos de uvas, flores, cuadrúpedos y reptiles.

La portada principal se compone de cinco cuerpos, incluidos el de la campana y el remate final. Un conjunto que alcanza los 34 metros de altura. Aparte existen otras dos portadas: una orientada al norte, llamada la del Perdón, y otra dispuesta hacia el sur o lado de la Epístola.

En suma, la sabia composición de elementos góticos y renacentistas en la decoración de la torre y en la ejecución del templo, ponen de manifiesto que el maestro que la realizó era un gran conocedor de las tradiciones góticas y de las nuevas tendencias renacentistas, configurando uno de los más bellos y monumentales ejemplos de la arquitectura religiosa de la Baja Extremadura.

Esta Iglesia se considera como la más importante de la provincia en cuanto a decoración en su estilo y la segunda en extensión, siguiendo a la magna catedral de Badajoz. Así se recogió, ya en 1926, por José Ramón Mélida en su Catálogo Monumental de España, provincia de Badajoz. Según decreto 30/1993 de 23 de marzo, fue declarada Bien de Interés Cultural con categoría de monumento por la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Extremadura.

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IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED

Era la antigua ermita de San Sebastián y los Santos Mártires. Esta ermita se comenzó a construir en 1475 alejada del núcleo de población para satisfacer las necesidades espirituales de los habitantes que vivían en las afueras.

En esta ermita tuvo lugar el Capítulo General de la Orden de Santiago en 1477, en el cual se eligió maestre a don Alonso de Cárdenas, quien contribuyó al enriquecimiento del patrimonio arquitectónico  tanto de Azuaga como de las demás localidades de la Orden.

Poseyó categoría de ermita hasta el año de 1590; posteriormente, esta ermita se convirtió en capilla del convento de los Padres Mercedarios Calzados, y actualmente el Ayuntamiento ocupa el antiguo convento y la Iglesia de la Merced era la antigua ermita de San Sebastián.

Su estilo es gótico mudéjar. Su fachada está realizada en mampostería y ladrillos encalados; presenta una puerta de acceso con un arco de herradura apuntado con arquivolta y enmarcada por un sencillo alfiz, que remata con una cenefa de dientes de sierra, y está flanqueada por dos estribos semicilíndricos que le dan aspecto de fortaleza. Hay una cornisa separando el primer cuerpo del cuerpo de la campana, formando un templete de mampostería y ladrillo con cuatro arcos de medio punto, uno por cada lado; su interior alberga las campanas. La iglesia posee además una puerta lateral en el lado de la Epístola con arco de herradura apuntado y todo, a su vez, enmarcado por un alfiz.

Su planta es rectangular. El interior es de una sola nave dividida en cinco tramos  a través de arcos de ladrillo encalados, que servían de soporte a la desaparecida techumbre de madera. Su cubierta es de bóveda de cañón apuntada. Esta bóveda probablemente se construyó sobre el año 1600, por la destrucción de la original en un incendio.

El coro es de estilo renacentista, sustentado por cuatro columnas de mármol blanco. En el frontis de este coro aparece una inscripción que dice: “Me hizo Antonio Dieguez, año 1866”. El altar mayor tiene una bóveda estrellada que se manifiesta en el exterior por cinco ábsides semicirculares que le da aspecto de fortaleza, y en el retablo se puede observar la imagen de Nuestra Señora de la Merced.

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LAS ERMITAS

Entre 1494 y 1604 existieron seis ermitas en Azuaga, distribuidas en su núcleo urbano y término jurisdiccional, algunas escenario de importantes acontecimientos históricos. Eran éstas: ermitas de San Sebastián, Santiago, Santa Olalla, Santa Catalina, San Bartolomé y Nuestra Señora de la Paz. Al día de hoy, unas desaparecieron y otras cambiaron su denominación, manteniendo solamente el título la de Santiago y la de Nuestra Señora de la Paz.

LA ERMITA DE SAN SEBASTIÁN es  hoy es  la iglesia de Nuestra Señora de la Merced. Edificada en el último cuarto del siglo XV, situada extramuros, en la zona de arrabal. Se mantuvo como ermita hasta 1590, fecha de su conversión en capilla del convento de los Padres Mercedarios, regido por el padre Juan Verdugo, comendador del mismo y cinco hermanos más, según la petición elevada al Real Consejo de las Órdenes. Varias razones llevan a aceptar tal solicitud: el lugar de este santuario es el más cómodo para el monasterio de la villa, por estar apartado de la iglesia parroquial, que sólo cuenta con un cura sin teniente. También el hecho de ser Azuaga localidad de gran vecindad, 1400 familias  aproximadamente, para cuya atención espiritual sólo contaba con una iglesia; aquí podrían asistir a las gentes más pobres y necesitadas, que por no tener “hábito” decente se quedaban sin oír misa. Finalmente, la falta de confesores que dejaba a muchos feligreses sin recibir comunión durante la cuaresma y la pascua florida. Además los mercedarios se ofrecieron a enseñar y a traer maestros de gramática, latinidad y otras ciencias para los hijos de los vecinos de esta villa y comarcanos, sin interés ninguno; así los pobres se animarán a estudiar y seguirán las letras. Esto acabó de convencer a las autoridades de la necesidad de este monasterio.

Las condiciones impuestas a los frailes eran la obligación de mantener los Jueves Santos a la ermita de San Sebastián como punto de salida de la procesión de la Veracruz, y, asimismo, aceptar como propietaria de la casa recién instituida a la Orden de Santiago y al rey, como su administrador perpetuo. Así pasarían las inspecciones periódicas de los visitadores.

La ermita dada su envergadura  y calidad arquitectónica, bien mereció ser sede del monasterio, así como constituirse en el escenario del famoso Capítulo General celebrado en 1477, por hallarse en mal estado la fortaleza y la iglesia de Santa Olalla, parroquia de la villa.

No lejos de la ermita de San Sebastián, extramuros de la población igualmente, se construyó a principios del siglo XVI la ERMITA DE SANTIAGO (Nuestra Señora de los Dolores). De origen muy humilde, fue un edificio del que se hizo cargo, en 1576, la cofradía instituida bajo la advocación del Santo Patrón de España, a tenor de lo ordenado por los visitadores, para atender sus necesidades.

Este tipo de cofradías, de carácter piadoso-benéfico, abundaron en su época, siendo su finalidad garantizar la salvación de sus miembros mediante la práctica de la caridad y hermandad. Sus funciones se limitaban al correcto cuidado de los bienes y cuentas de la institución, la atención a las reparaciones del santuario, celebración de la festividad del santo bajo cuya advocación se constituían y el mantenimiento de comidas y otros actos de la hermandad.

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a) ANÁLISIS ARTÍSTICO DE LAS ERMITAS:
Las ermitas santiaguistas de Azuaga, ejemplos de arte popular, son construcciones austeras donde la decoración es un elemento prácticamente inexistente dominando una concepción funcional del espacio. Por los restos conservados y las descripciones transmitidas por los visitadores de la Orden, observamos en ellas características del arte mudéjar, que es evidente en otros edificios de índole civil.

Santa Olalla y San Bartolomé son los más antiguas, San Sebastián se levanta en el último cuarto del siglo XV, y Santa Catalina, Nuestra Señora de la Paz y Santiago inician su construcción ya adentrado el siglo XVI. Todas de acuerdo con la simbología cristiana que identifica a Dios con la luz, debía guardar orientación este-oeste.

Tipológicamente domina la única nave dividida en tramos por arcos de ladrillo, destacando la de San Sebastián por su gran espacialidad. Santa Olalla y San Bartolomé con triple nave y doble arcada por el hecho de haber sido iglesias.

También es una constante el campanario adoptando una doble tipología: por una lado, la torre ubicada el sur en Bartolomé y al oeste en San Sebastián, ejemplo de torre-fachada típica de Extremadura; y, por otro lado, la espadaña visible en Santiago y Nuestra Señora de la Paz.

La planta de las ermitas la completan una serie de edificaciones anejas de carácter habitacional. Estas pueden emplazarse sobre una pieza del templo (San Sebastián), en un lateral (Nuestra Señora de la Paz) o en su entorno cercano. Suele emplearse como vivienda del santero o ermitaño.

El material empleado es el mampuesto. El ladrillo lo encontramos en arcos, suelos, cubiertas, coros, pórticos, torres e incluso muros. La piedra se empleó como refuerzo de esquinas y sólo en San Bartolomé desempeño un papel destacado en cimientos y paredes. Los interiores suelen estar encalados.

La práctica ausencia de contrafuertes en los muros, salvo en la ermita de San Sebastián por su especial tipología, está íntimamente unida a las cubiertas de los templos realizadas en materiales poco pesados ( madera, ladrillo).

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b) CUIDADOS DE LAS ERMITAS:
En los territorios bajo la jurisdicción de la Orden de Santiago, en todos los santuarios había una figura esencial para el mantenimiento surgida como expresión máxima de la devoción y piedad popular, el santero. Era el encargado de la limpieza y el cuidado de la ermita, especificándose así en los libros de visitas, que aluden a los santeros como figuras imprescindibles para impedir que las ermitas se encuentren sucias, maltratadas o ruinosas. Además mantenía el santuario abierto a los fieles y vigilaba sus bienes y ornamentos. Atendía en definitiva los quehaceres propios de un edificio religioso: tocar las campanas para llamar a los feligreses; encendía la lumbre para calentar el edificio para que el capellán oficiara la misa o encendía las lámparas en los altares mayores.
El santero por su trabajo recibe una retribución en metálico, no muy elevada, lo necesario para su manutención. A menudo disponía de una tierra próxima donde cultivar lo necesario para su sustento, entregada no siempre de forma gratuita; en San Bartolomé, el santero pagaba por el arrendamiento de una huerta de árboles y hortalizas, junto a la ermita, 150 maravedíes, cantidad reducida a 100 por su escasa productividad en 1494.

Finalmente, se le proporcionaba vivienda, que solía estar adosada o muy cercana al edificio. De pequeñas dimensiones, a veces extremadamente pobres, limitándose a pequeños cobertizos donde refugiarse de las inclemencias del tiempo o podía vivir en el interior de la ermita.

El cargo de santero podían desempeñarlo hombres, mujeres y muy frecuentemente matrimonios. Eran nombrados por los hermanos, si existía cofradía, y el mayordomo. La elección recaía sobre personas muy devotas, que optaban por ese medio de vida como forma de servir a Dios y vivir más intensamente la fe.

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c) LA ECONOMÍA, ADMINISTRACIÓN E INGRESOS:
El pilar básico de los ingresos es la agricultura, así pues las ermitas aumentaron en la medida de lo posible sus tierras a lo largo del siglo XVI.  A partir de unas tierras iniciales, la mayoría se adquirían a particulares, auspiciadas por el fortalecimiento económico, optando los mayordomos por invertir en bienes inmuebles y terrenos cultivados.

Las dos ermitas más importantes de la villa, Santa Olalla y San Sebastián, son las que poseían un mayor número de tierras y, por supuesto, su producción de cereales era bastante holgada respecto a los demás. La forma de explotación fue el arrendamiento, sacando las fincas a pregón público y rematándolas a las puja más elevada.

Existe un claro predominio de los cultivos de secano, especialmente los cerealistas, que ocupan la mayor parte del espacio cultivable en régimen de campo abierto. El trigo, la cebada y el centeno son las producciones básicas de las propiedades de las ermitas extremeñas, constituyendo parte esencial de su renta. En Azuaga, la mayor producción corresponde al trigo sobre el resto de los cereales, máxime cuando es el alimento básico de la dieta campesina.

La vid se cultivaba en toda la provincia. Santa Olalla poseyó una viña; Nuestra Señora de la Paz recibió una donada que poseía una bodega; y San Sebastián compró una viña que incluía una casa. Santa Olalla percibía una importante cantidad de maravedíes por la venta de cuartillos de vino, que se vendían incluso fuera.

Entre los cultivos de secano es preciso mencionar las plantas industriales, sobre todo el lino (San Bartolomé). La existencia de cultivos de regadío, huertas, como en el caso de San Bartolomé, que contaba con una huerta de gran riqueza, que constituía una de sus fuentes básicas de ingresos, velando los visitadores en todo momento por obtener el máximo rendimiento, cuidando siempre todos los detalles de la explotación, invirtiendo siempre lo necesario en su infraestructura; para conseguir agua ordenan acondicionar una alberca para la huerta. La huerta tenía nogales, higueras, ciruelos, granados, membrillos y aceitunas.

La ganadería se caracteriza por la enorme relevancia de la Mesta, es decir, el ganado de procedencia exterior al señorío que aprovecha los espacios adehesados, sobre todo en invierno, dada su climatología especial y la escasa trascendencia de la ganadería estante.  Casi todas las ermitas contaban con algunas cabezas de ganado estante, sin embargo, es la de San Sebastián la única que contó con un rebaño de unas 60 cabezas arrendadas por novecientos maravedíes en 1501; pero debido a la carencia de arrendadores adecuados los visitadores mandaron venderlas.

El ganado boyal era utilizado en el trabajo agrícola y, a veces, eran arrendados por una cantidad fija a pagar anualmente, casi siempre en cereales.

La industria artesanal ocupó un lugar secundario en la economía de las ermitas, reduciéndose a la posesión en 1498 de un horno, que renta cada año seiscientos maravedíes (800 en 1500), además del posible cultivo y posterior elaboración del lino en el caso de San Bartolomé.

Se puede constatar la existencia de lazos comerciales en la provincia con la producción vinícola, por ejemplo, la renta percibida por Santa Olalla por el vino traído de fuera de la villa. También son significativas las transacciones de carne, pregonadas con sus primeras posturas a principio de la cuaresma y rematadas el último día de la misma; un intermediario pujaba, vendiendo luego al por menor a cada carnicero. En Azuaga esta renta se cedió a Santa Olalla para la fábrica de la ermita. Y se puede hablar de un comercio suntuario basado en los productos de calidad como es la indumentaria litúrgica comprada en Llerena o el incensario de plata encargado en Sevilla.

El arrendamiento de casas, bienes inmuebles cuya cotización asciende con el correr de los años, es otra fuente de ingresos de las ermitas. Santa Olalla posee dos que reportan 5 maravedíes anuales de 1494 a 1515, que en 1498 no dan renta al destinarse a fines caritativos: tiene dos casas donde se albergan algunos pobres. La ermita de San Sebastián, conociendo la importancia de los ingresos percibidos por estos cauces,  decidió adquirir diversas casas en virtud de su fortaleza económica.

El clero mostraba su preocupación por la salvación de los fieles, velando para este fin por el cumplimiento de los sacramentos, especialmente el de la confesión. En la visita de 1511 los no confesados son condenados a pagar 30 maravedíes.

El incumplimiento de los mandatos ordenados por los visitadores generales, en un espacio temporal preciso, son castigados con sanciones económicas destinadas generalmente a la fábrica de las ermitas y a las obras pías. A partir de 1576 se les asigna un nuevo destino: los gastos originados por la celebración del Capítulo General o financiar la guerra de su Majestad contra los turcos infieles.

Las limosnas y mandas de los testamentos son ingresos presentes en todas las partidas de las ermitas. Los fieles, guiados por el sentimiento cristiano de ayudar a la Iglesia en sus necesidades materiales, legan parte de sus bienes o conceden limosnas esperando obtener a cambio su intercesión ante la divinidad en el supremo momento de la muerte. Los feligreses contribuyen a sufragar los gastos de las ermitas. En ocasiones los donativos no son pecuniarios, sino en especie: viñas, tierras e incluso grano. Igualmente la celebración de oficios religiosos, en cumplimiento de lo establecido en los testamentos, reportó importantes ingresos a la hacienda de las ermitas.

Los beneficios obtenidos se ven mermados con los gastos emanados de atender las necesidades del santuario, el buen estado del edificio o los derivados del mantenimiento y conservación de puertas y campanas. A veces, los gastos son tan elevados que el alcance de la cuenta de los mayordomos resulta negativo.

Para sufragar cuantiosos desembolsos derivados de las necesidades más urgentes los visitadores arbitran unas medidas especiales para conseguir fondos, como es el caso de la limosna para proseguir sus construcción en el caso de Nuestra Señora de la Paz, o la concesión de prestamos por parte de las ermitas más ricas. San Sebastián, que gozó de una sólida economía, seguramente la más potente de todas las ermitas a tenor de sus ingresos, realizó préstamos a edificios religiosos con problemas como San Bartolomé o Santiago. La economía saneada de Santa Olalla contribuye  a la construcción de la parroquia de Nuestra Señora de la Consolación.

No sólo el cuidado arquitectónico de la ermita produjo importantes gastos, sino también la decoración, la talla de imágenes, el alumbrado o los salarios de los trabajadores. Los clérigos cobraban por oficiar las ceremonias y recoger la limosna; y santeros, lavanderas, escribanos y alcaldes cobraban sueldos de las rentas de las ermitas.

Una buena administración debía ocuparse también de evitar desfalcos que puedan sufrir las haciendas. El control económico de la Orden fue una preocupación constante de los visitadores, centrándose su interés en la gestión económica de los mayordomos, elegidos por las autoridades civiles y eclesiásticas de la villa, que ocupaban el cargo anualmente para evitar fraudes. Cada mayordomo debe controlar su gestión, que se ordena a través de un libro de recibo y gastos, donde asienta los movimientos económicos de su ermita, tarea supervisada por los visitadores generales, debiendo mostrar cuando fuese exigido un memorial firma.

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